|
Los colores del templo
primordial



Cuando cojo el pincel en la mano, estoy pintando ideas. Pero no puedo
mezclar los colores de modo arbitrario. Entre la multitud de ideas hay unas elementales que
no puedo determinar ni cambiar; ellas simplemente existen. A través de las épocas, la gente ha
creado nuevas ideas innumerables del azul, el rojo, y el amarillo, que forman el
fundamento de nuestros pensamientos. Cada filosofía, cada experiencia, cada pintura se
concibe de los invariables elementos fundamentales que han propulsado el pensamiento humano a
lo largo de los tiempos. Las ideas se mezclan con el pincel y la pluma, se sobreponen las
unas sobre las otras, y se moldean para bueno y para malo, creando la armonía y la disonancia
y engendrando bastiones y
batallas.
No
expreso los colores
que percibimos con los ojos. Las pinturas en el lienzo son una realización visceral de la psique
y las fuerzas que la propulsa. Tengo que pisar con sabiduría en este terreno, porque si no dejo
a los colores que sean lo que son y procuro reformar los elementos no creados, pintaré una
mentira.
Hasta en la esfera material surge una amplia paleta de colores
cuando un conjunto básico de energías de luz se mezcla. La gente procura explicar esta complejidad
fascinante mediante la combinación aditiva o sustractiva o con la rueda de
colores.
La combinación aditiva supone el rojo, el azul, y el verde para sus colores primarios, y los
colores secundarios de la aditiva, el cian, el magenta, y el amarillo, son los colores
primarios de la combinación sustractiva. Estas ideas subyacen las inmensas e intrigantes
empresas del diseño gráfico, la visualización científica, y la imprenta. Pero cuando miramos
en la profundidad del ser humano, se revela un anciano fundamento visceral, un fundamento de
ideas invariables y no creadas—el azul, el rojo, y el oro. Desde
épocas antiguas, los artistas y filósofos han cavilado y forcejeado con estos colores. Han
construido y destruido y construido de nuevo. De la combinación creativa de los colores
elementales han emergido hermosas ciudades y comunidades, bellas artes y música, y las
ciencias. Desde el principio, muchos han procurado redefinir los colores, engendrando
discordia con el fundamento visceral. Pero las tres ideas persisten sin cambiarse porque son
la razón primordial de nuestra existencia.
Los colores son el oráculo del templo
primordial.
El azul
es el agua y los cielos. En su estado primordial no perturbado, no
posee ni estructura ni orden. El rojo de sangre es el grito de parto de la tierra, y el oro es
la luz que nos permite percibirlo.
El azul, el
rojo, y el
amarillo
se mueven en armonía. El rojo y el amarillo crean el
anaranjado, que es la energía. El azul coge esta energía creativa y se perturbe. Se forman
olas y la tierra marrón emerge.
El
azul y el amarillo crean el verde para complementar el rojo. El verde es la vida, pero no puede
subsistir sin la sangre de la tierra.
El amarillo arroja su luz sobre el agua y la tierra. Pero cuando las olas del
agua y el rojo de la tierra se mezclan, se crea el violeta que oculta el sendero de las olas
para que no se sepa de donde vienen y adonde van.
Al mezclar el azul, el
rojo, y el
amarillo, estoy creando el marrón, el color de la tierra, de donde proviene la
arcilla que los seres humanos utilizamos para esculpir toda manera de ideas y cosas. Pero
no hay ningún pincel que me permitiera separar los colores de nuevo para recobrar su
resplandor puro. Se requiere un grito violento y doloroso de la tierra. De esta energía
resurge una vida nueva, sustentado por la sangre que ha brotado de la arcilla. La luz
alumbra el rojo y el azul, que se mezclan y combinan de nuevo, y el río tiembla cuando el
anaranjado resurge de sus
aguas.
Los colores elementares se combinan en armonía una y otra vez, creando una
nueva paleta interesante cada día. Y aquí radica la aflicción del artista: me compete ser
fiel a estas ideas y pintarlas como son. Si yo digo con el pincel que verde es un color
elemental, negaría la esencia de su propia existencia; se marchitaría en la tierra, donde
aún permanece el rojo. Si permito al anaranjado que sea elemental, pondría a la tierra en
una trayectoria sin dirección. Y si hago del violeta una fuente de la creación, hundiría el
mundo en las tinieblas. Estas ideas mismas son las batallas y aflicciones que procuro
realizar con colores y pinturas y pinceles y lienzo. Los colores mismos revelarán mi trabajo
por lo que es; estoy indefenso contra ellos.
|